Algunas personas pueden no saberlo, pero los efectos del bullying pueden no desaparecer al terminar el colegio o el instituto. En mi consulta, escucho a adultos que cargan con el peso de haber sufrido acoso en aquella etapa de sus vidas. Generalmente, no acuden a terapia por ese motivo en particular, sino por problemas como baja autoestima, ansiedad en contextos sociales o dificultades en sus relaciones personales. Sin embargo, al profundizar en sus historias, surge con claridad cómo ese pasado ha dejado una marca profunda y dolorosa. En este artículo, os hablaré más sobre ello.
Infancia, adolescencia y la superación de las inseguridades
La infancia y la adolescencia son etapas naturalmente complejas, marcadas por el proceso de definir nuestra identidad. Durante este periodo, es común enfrentarnos a inseguridades mientras intentamos comprender un mundo que no siempre sabemos cómo abordar, qué espera de nosotros o cómo reaccionará ante nuestras acciones. Las agresiones continuas o desproporcionadas pueden dejar su marca y ser un gran obstáculo a la hora de permitirnos crecer y desarrollar seguridad.
¿Le agradamos a los demás? ¿Somos atractivos? ¿Merecemos ser amados? Estas son inseguridades comunes durante esa etapa de la vida, y es fundamental ofrecerles respuestas claras, amables y empáticas. Sin embargo, el niño que enfrenta bullying recibe una respuesta profundamente negativa y devastadora. Esta respuesta suele incrustarse en su sistema de creencias internas, dando lugar a pensamientos como: «Soy desagradable», «Soy despreciable», «Nadie me quiere». Estas ideas pueden acompañarlo y marcar su vida a lo largo del tiempo.


Sentimientos recurrentes de indefensión y evitación
Ese niño que experimentó soledad y abandono quizá aprendió que la ayuda nunca llegaría, que no era lo suficientemente fuerte y que la única estrategia viable era retraerse, mantenerse invisible y resistir lo que tuviera que enfrentar.
Con el tiempo, este comportamiento se transformó en una actitud que probablemente se refleja en su vida adulta: procurando no llamar la atención y sintiéndose vulnerable frente a los retos y conflictos cotidianos, ya sea en el trabajo, en las relaciones de pareja o en otros aspectos de su vida. Estas emociones suelen desembocar en una sensación de indefensión, que en muchos casos se traduce en desesperación o en la tendencia a evitar la confrontación: a huir. Se sienten faltos de recursos para confrontar a los demás.
Alerta continuada
El niño puede haber desarrollado un estado constante de alerta, especialmente en aquellos casos en que la agresión era continua, manteniéndose en una vigilancia casi perpetua como mecanismo de supervivencia frente al bullying. Diversos estudios han demostrado que estos niños suelen presentar niveles extremadamente altos de cortisol – la hormona del estrés – comparables a los de soldados que han experimentado combates y padecen estrés postraumático.
En la adultez, esta vivencia los hace especialmente receptivos a señales que les evoquen el desprecio padecido, situaciones de riesgo o personas poco confiables, ya sea a través de palabras, actitudes, gestos o comportamientos. Su respuesta puede ser impulsiva e incluso, en ocasiones, manifestarse con cierta agresividad. Suelen evitar abordar temas personales o compartir confidencias, temerosos de que estas sean utilizadas en su contra. Como consecuencia, optan por mantener distancia, lo que a menudo resulta en relaciones sociales superficiales y limitadas.
Dificultad para establecer límites
Es probable que, durante la infancia, hayan sentido la incapacidad de establecer límites o detener a los demás, reflejo de sus difíciles experiencias. A veces, estos límites pueden imponerse de forma abrupta o, por el contrario, evitarse por completo para eludir confrontaciones. No es raro que se alejen de grupos o relaciones al percibir una falta de respeto, ya sea por ansiedad social, dificultad para trazar límites claros o interpretar señales que despierten desconfianza. Además, podrían sentirse avergonzados por alguna reacción impulsiva, lo que alimenta aún más su inclinación hacia el aislamiento.
Conclusiones
En numerosos casos, quienes han sido víctimas de bullying tienden a descuidarse, llegando incluso a recurrir al consumo de sustancias como el alcohol o la cocaína para aliviar su ansiedad y silenciar sus pensamientos. Aunque superar estos hábitos puede ser un desafío, con el apoyo correcto y un compromiso constante, es posible abandonarlos y adoptar estrategias más saludables para enfrentar el dolor y la incertidumbre.
No es un trabajo fácil, ni rápido, pero la psicoterapia ha demostrado que puede ser una gran ayuda para superar estas dificultades que injustamente han sufrido.
Muchas gracias por tu atención.

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